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Los 3 momentos del análisis

  • 12 may
  • 3 Min. de lectura

Existen 3 momentos del análisis que no son fijos pero que conforman todo proceso terapéutico. Lo anterior resulta importante distinguirlo porque un analista no es “fijo” o “el mismo” para todos y por ello no persigue los mismos fines.


Los 3 momentos señalados se presentan de la siguiente manera:


1. Parte inicial.


2. Desarrollo del análisis.


3. Final del análisis.

Inicio del análisis. El primer momento del análisis se centra en ubicar la demanda. Freud ya previamente nos advirtió que no toda asistencia al consultorio implica una demanda analítica, es decir, alguien puede acudir ya sea por un síntoma, una inhibición o por  una angustia, pero eso no representa ni garantiza que haya disposición para el trabajo psicoanalítico.

Por su parte, el analista debe distinguir entre el motivo manifiesto de consulta (por ejemplo, haber sido canalizado por cuestiones legales) y lo que realmente se juega en el inconsciente. El forzar un análisis cuando no hay demanda genuina, “desgasta” tanto al paciente como al analista.Por ello, es que debe haber un pedido de análisis, una demanda de análisis, y por lo tanto, a través del propio análisis localizar si existe una demanda analítica o no. 

Dicho de manera breve, resulta llamativo señalar una crítica de Lacan al llamado análisis didáctico, ya que puede convertirse en un callejón sin salida, generando analistas “masificados” y acartonados. El inicio del proceso exige reconocer que no existe un analista ideal, que la práctica del psicoanálisis no es para todos, y que la selección de pacientes debe hacerse sin imponer un modelo autoritario de “psicoanálisis para todos”.

En este momento, el analista se enfrenta también a sus propias limitaciones e impotencias, ligadas a la castración por lo que autorizarse como analista implica reconocer esas limitaciones y sostener una postura ética frente al otro.Es importante en la primera sesión “probar” si es el estilo adecuado para el paciente y entender que cuando no se le puede atender, no abandonarlo sin avisar. Los errores técnicos hay que dejarlos para el análisis y la supervisión. No debemos olvidar que como primer momento del análisis, es importante que mínimo el paciente pueda asistir y pueda asociar, sin dejar de lado que puedan surgir dos situaciones clave: ubicar la demanda del paciente y recortar el síntoma.

Desarrollo del análisis.

El segundo momento se abre con la regla fundamental de la asociación libre, que incita al paciente a hablar más allá de lo que sabe. El acto analítico se presenta como una incitación al saber, pero no como una interpretación delirante de todo lo que ocurre. El analista debe recortar el síntoma y abrir un espacio donde el discurso se produzca como lugar de saber.

La función del corte en la sesión es clave: escandir, producir sorpresa y evitar que el sentido se cierre demasiado rápido. Esto apunta hacia una clínica del sinsentido, donde lo importante no es encontrar una verdad absoluta, sino abrir nuevas posibilidades de significación.

El sujeto se concibe como efecto de los significantes, que se encadenan en bucles y producen sentido. El análisis trabaja con esa lógica para desarmar las verdades “coaguladas” y permitir que emerjan nuevas lecturas. El paciente aporta una serie de significantes, y el analista los utiliza para construir una lógica distinta, particular, que no puede ser impuesta a otros.

En este momento, el análisis se entiende como un juego: el yo enfrenta resistencias, el paciente se anima a decir cualquier cosa, y el analista escucha desde lo simbólico, no desde lo imaginario. En este punto la anamnesis no es tan vital al inicio, resaltando producir un nuevo sentido a través de la asociación libre.



Fin del análisis

El tercer momento se sostiene en dos pilares:

  1. La caída del sujeto supuesto saber.

  2. La inexistencia del Otro como garante absoluto del saber.

El fin del análisis implica reconocer que no hay un saber total ni un Otro omnisciente. La transferencia, que parecía un “don del cielo”, se revela como sostenida en el supuesto saber, y el analista es quien debe ponerlo en cuestión.

Aquí se produce una automatización del saber: la verdad se reconoce como parcial, siempre a medio decir. El atravesamiento del fantasma permite aceptar la castración y la imposibilidad de un saber absoluto.

El sujeto descubre que el saber no está en un lugar fijo, sino que se produce en la relación entre significantes. La pregunta “¿hay un lugar donde se encuentre todo el saber?” se responde con un no rotundo: el saber es intersubjetivo, pertenece al lugar del Otro, pero no existe como totalidad. Palabras finales. El psicoanálisis no es para todos, sino para quien lo demande así como aceptar que no existe un analista ideal, así como también qué análisis debe ser particular, no masificado ya que el saber es intersubjetivo: pertenece al lugar del Otro, no a un sujeto individual.

 
 
 

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