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Duelo y Melancolía: Ensayo analítico.

  • 14 may
  • 6 Min. de lectura

Actualizado: 14 may


Una de las experiencias más complejas por las que atraviesa el ser humano responde a aquella experiencia de la pérdida (el duelo por un ser querido) y que a su vez es también uno de los eventos inevitables de la vida psíquica. No obstante, resulta oportuno señalar que dicho acontecimiento psíquico puede experimentarse de forma particular en cada caso.Cuando hablamos del duelo y la melancolía, apuntamos a dos procesos que constituyen formas de respuesta que, aunque tienen similitudes entre sí, se diferencian en aspectos de vital relevancia.

Para ir entendiéndolo de manera sencilla: el duelo se traduce en una reacción normal ante la pérdida de un ser amado o también, en su defecto, de un ideal. Se singulariza por aspectos como el dolor, la inhibición y falta de interés en el mundo exterior. Resultando así que la persona doliente se encuentra absorbida por el recuerdo del objeto perdido, pero conservando íntegramente el sentimiento de sí. Por otra parte, la melancolía, en cambio, introduce un elemento patológico: es el propio yo quien se convierte en objeto de pérdida y degradación por lo que el sujeto se describe como indigno, estéril y despreciable, y sufre una rebaja extrema de su autoestima.

El duelo como proceso de elaboración.

Comencemos de manera ordenada, partiendo desde el fenómeno del cual -como seres humanos- tenemos una mayor comprensión al respecto: el duelo. Posteriormente atenderemos cómo se articula el fenómeno de la melancolía en la psique humana. El duelo implica entre otras labores y esfuerzos un trabajo psíquico. ¿Qué quiere decir esto? Hay una mezcla entre un desprendimiento o renuncia y una aceptación. En cuestiones técnicas, al hacerse presente el examen de realidad, esto obliga al yo a reconocer y aceptar que el objeto ya no existe, que el objeto ya no está,es decir, la aceptación de una pérdida. Por su parte, la libido ( la cual entendamosla como una energía singular), la cual se encontraba ligada a ese objeto, aún y con sus resistencias y negación al desprendimiento, debe retirarse poco a poco. Por supuesto, no hablamos de un hecho o un proceso nada amable, sino al contrario y en su gran mayoría, como doloroso; un suceso lento con emociones y acciones diversas que oscilan entre el enojo, la aceptación, entre otros, puesto que aunado a la pérdida, es también el desprendimiento de experiencias, acontecimientos, planes, y diversos, que tomarán como refugio el recuerdo, la memoria. En otro aspecto a considerar, resulta claro que la negativa de abandonar la posición libidinal es totalmente comprensible: resulta complejo para el ser humano desprenderse fácilmente de aquello a lo que ha estado emocionalmente vinculado y esto es un punto importante a tener en cuenta dentro de este artículo. No obstante, dentro de lo común y humanamente esperable, es que prevalezca la aceptación de la realidad -por muy frustrante y dolorosa que esta sea-. Una vez finalizado el proceso o trabajo del duelo, en términos técnicos el yo queda “libre”y esto permite la reinversión de su energía libidinal en nuevos vínculos, nuevos objetos, es decir, el yo posee nueva oportunidad de vincularse hacia otros escenarios, lugares y por supuesto, personas. Tras lo anterior, entendemos ahora que el duelo,es entonces un proceso transicional: de inicio consume al sujeto, pero lo va “preparando” para un subsecuente futuro (a definir si este resulta cercano o lejano). Aunque cargado de emocionalidad, momentos de fragilidad y de un doloroso trámite por cumplir, no se puede catalogar al duelo como un hecho patológico, pues se brinda un voto de confianza en que el tiempo logrará segundas oportunidades, es decir, el duelo, por más complejo que este represente ser, tiene un final, puede ser superado. Por último, hay que añadir que Freud menciona que el duelo es la forma de reaccionar de cada individuo frente a la pérdida de la persona que se ama, sin embargo, no solo se reduce a otro ser humano, sino también a ejemplos como la patria, la libertad o inclusive un ideal. Extendiendo más los tipos de experiencias, podríamos considerar también aquellos que tienen que ver con un hogar que se vivió determinado tiempo y con un empleo del cual un individuo de cierta forma “echó raíces”.

La melancolía como pérdida del yo.

Ahora que se ha entendido que es el duelo, abordemos lo que caracteriza a la melancolía, pues ya se ha dicho, es de carácter patológico. Dentro de los puntos de semejanza entre el duelo y la melancolía, se destacan por su inhibición y la falta de interés, sin embargo, en la melancolía, se añade un elemento trascendental: la rebaja del sentimiento de sí. Sigmund Freud en este texto de Duelo y melancolía, cita el siguiente fragmento:      “La melancolía se singulariza en lo anímico por una desazón profundamente dolida, una cancelación del interés por el mundo exterior, la pérdida de la capacidad de amar, la inhibición de toda productividad y una rebaja en el sentimiento de sí que se exterioriza en autorreproches y auto denigraciones y se extrema hasta una delirante expectativa de castigo”.

Por otra parte, dentro de la melancolía -y que le distingue con el duelo donde no está presente- el sujeto sabe a quién perdió, pero no lo que perdió en él. Aquí es de reconocer que la libido, en lugar de movilizarse hacia nuevos objetos, esta se retira hacia el yo, generando una identificación narcisista con el objeto perdido.

Es así de esta manera en que la “sombra” del objeto cae sobre el yo procediendo entonces en que la instancia crítica, es decir, la conciencia moral, de cierta forma  juzga al yo como si se tratará del objeto abandonado, dando como consecuencia una autodenigración de carácter extrema y que no viene sola, sino en conjunto, por ejemplo, de insomnio, la falta de apetito así como de una disminución de la pulsión vital. Por lo tanto, es entendible que la melancolía, no sólo se considere como un “duelo patológico", sino como una regresión hacia el narcisismo.

En palabras del texto: “En el duelo, el mundo se ha hecho pobre y vacío; en la melancolía, eso le ocurre al yo mismo.” Esta frase sintetiza la diferencia esencial: el duelo vacía el mundo, la melancolía vacía al sujeto.


La ambivalencia afectiva.

Por otra parte, al hablar de otro rasgo particularmente vital de la melancolía es la ambivalencia, entendida como el conflicto entre una carga de amor y odio hacia el objeto. El odio busca desligar la libido, el amor, por su parte, procura mantenerla. Mediante este tipo de tensión, se mantiene al individuo retenido o atrapado en un círculo cargado de reproches y auto denigraciones.

Es así que las quejas del melancólico, no son en verdad otra cosa que reproches orientados hacia al objeto amado pero que en consecuencia rebotan sobre el yo. Por ejemplo, una mujer que se lamenta de ser indigna para su esposo, en verdad expresa un reproche hacia él. De tal forma que la melancolía, se desvela entonces, demostrando cómo los vínculos de amor contienen generalmente una carga de ambivalencia que, en casos determinados, se torna patológica.

La contradicción del yo.

El melancólico no sólo se reprocha, sino que se expone con franqueza, sin vergüenza ante los demás. Esta actitud contrasta con la contrición religiosa, donde la vergüenza es central. Aquí, el yo se divide: una parte crítica juzga a la otra, convirtiéndola en objeto. Esta escisión muestra la autonomía de la conciencia moral y su capacidad de enfermar.

Podemos traducir que la melancolía,resulta ser por tanto no únicamente un dolor que ha sobrepasado todo límite, sino traducido también como un conflicto bastante íntimo en el yo, ubicando que la pérdida del objeto se convierte en pérdida de sí mismo.

Como conclusión… Resulta importante antes de dar un cierre a este tema, el plantear ciertas reflexiones al respecto. Tanto el duelo como la melancolía nos enseñan que la pérdida no sólo impacta al vínculo con aquel objeto que se ha amado, sino además, que puede transformar de forma extrema la relación del sujeto consigo mismo. Entendiendo así que en el duelo, el mundo se ha vaciado; mientras que en la melancolía, es el yo quien se ha empobrecido. Este destacado contraste revela la densidad del impacto que la pérdida puede poseer en cuanto a la estructura psíquica, puesto que la melancolía, al transformar la pérdida exterior en una pérdida interior, produce una exposición de la fragilidad del yo frente a la ambivalencia de cargas afectivas así como de la fuerza de la instancia crítica.

Como últimas palabras, el análisis de estos fenómenos nos exhorta a pensar la pérdida no sólo como un acontecimiento que sucede de forma externa, sino como un proceso de carácter interno que puede abrir caminos de elaboración o, en su forma patológica, introducir al individuo en una lucha devastadora consigo mismo como enemigo. Ángel Hernández. El diván amarillo.

Monterrey, Nuevo León. 14 de Mayo, 2026.

 
 
 

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